¿Por qué estamos como estamos?

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La política peruana se parece a una turba de saqueadores. Lo importante no son las reglas, sino arrancharse el botín.

¿Cuántos partidos hay en el Congreso? Ninguno. Decir que Acción Popular es un partido es un dicho delirante o desorientado. Es una pandilla desorganizada, incapaz de coordinar una intención. Y no digo coordinar una idea porque eso ya es imposible.

¿Qué partido gobierna? Ninguno. Vizcarra es un paracaidista que, como PPK (otro paracaidista), aterrizó en una “agrupación cascarón” creada para cumplir reglamentos electorales formalistas. Su desorganizada soledad se refleja en la pobreza de sus gabinetes, que recolectan gente de aquí y allá y las mezclan con personajes de su mediocre entorno. Un buen ministro es algo así como sacarse la Tinka.

Ser politólogo en el Perú es como ser paleontólogo: estudiar fósiles de seres extintos para reconstruir, a duras penas, cómo debe haber sido un dinosaurio.

Deténgase unos momentos en los símbolos de las cédulas de votación de las principales agrupaciones en las elecciones en las últimas décadas. Descubrirá que no representan partidos. Representan iniciales de caudillos: la “T” de Toledo, la O de Ollanta, la K de Keiko o el PPK de PPK.

Una de las excepciones fue el sol de Castañeda Lossio. Pero usaba un símbolo que casi pirateaba el logo de IPSS (con el mismo tipo de letra) para aludir a su gestión como presidente de esa institución que lo catapultó a la política.

La otra excepción es la estrella del Apra, que, si bien mantuvo su símbolo, fue fagocitado por la personalidad caudillista y omnipresente de Alan García, a tal punto que hoy es un grupo tan sin ideología ni programa como todas las demás tribus electorales que pueblan nuestros procesos electorales.

Perú ha ido sufriendo una paulatina destrucción de los partidos políticos conduciéndolos, ahora sí, a la extinción. Ello contrasta con la alternancia más o menos ordenada de dos o tres partidos en el poder en países civilizados, en los que las diferencias ideológicas no son significativas, con lo que la forma de gobernar tampoco cambia de manera radical de un gobierno a otro.

En el Perú, desde el fin del gobierno militar, nunca hemos sido gobernados por un mismo partido en dos periodos, con una sola excepción: primer y segundo gobierno de Alan García. Fue el Apra, pero con ideologías y formas de gobierno que se sitúan en las antípodas. Incluso en el caso de los tres gobiernos de Fujimori, siempre fue a las elecciones con partidos diferentes.

Un sistema político sin partidos es como un mercado sin empresas. Las empresas tienen estrategias de mediano y largo plazo. Quieren mantenerse vigentes y tener la posibilidad de ganar las preferencias de los consumidores para sus marcas. Si bien los líderes son importantes, estos pasan y la institucionalidad empresarial queda.

Pero el juego político en el Perú ha sido diseñado para que los partidos pasen y las personas queden. A Vizcarra no le interesa tener un partido. Ya verá en qué barco de papel descartable se subirá para candidatear para 2026.

El Parlamento no está muy lejos de lo mismo: improvisados haciendo un cálculo personal de dónde aterrizar la próxima vez que candidateen. El pleito entre el Legislativo y el Ejecutivo no es ni ideológico ni programático. Es personal. No hay institucionalidad ni largo plazo. Así, es fácil de entender por qué tenemos un Ejecutivo lamentable y un Congreso para el olvido.

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